sábado, 5 de octubre de 2013

Lección de gramática I


He confirmado hace poco una sospecha que venía rondándome: la palabra "amigo" tiene tres vocales, dos consonantes, un lexema, flexión de género y número; es trisílaba, llana, simple, primitiva y voz patrimonial, sí. Pero a lo largo de la vida son muchas las ocasiones en que carece de significado, y entonces es solo un morfema, un recipiente vacío, como un cuenco que nunca termina de llenarse por más que volquemos sobre él todas nuestras expectativas, todas nuestras mejores intenciones. No deberíamos sentirnos decepcionados; la desilusión nos agota más a los que la sentimos que a quienes la provocan, aunque tal vez les somos tan indiferentes, en el fondo, que ni siquiera está en su ánimo perjudicarnos.

También he confirmado que la intuición no me suele fallar. Me pueden engañar en el precio de la fruta; me puedo confundir de calle, o de acera, o de puerta, con asombrosa facilidad; puedo olvidar una fecha, mil fechas, perder la memoria -todas las memorias, tengan las gigas que tengan-, sin embargo, y para mi desgracia, muy poquitas veces se me escapan los verdaderos sentimientos de la gente hacia mí. Quizá sea un estigma zodiacal (aseguran los astrólogos que escorpión es signo de gentes leales con sus amigos y que no toleran la mentira y las traiciones); el caso es que he querido mucho a algunas personas para las que solo habré sido un circunstancial de lugar, de tiempo o, puestos a flagelarnos, de modo. 

Qué sabia es la gramática.



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